24 agosto 2011

Así como el surfero se encuentra a la búsqueda de la "ola absoluta", así se encuentra el jinete a la búsqueda de la compenetración absoluta. En ese momento ya no tiene que concentrarse en las lecciones, no en descontraer, no en el equilibrio, sino en "aquello" que ha llegado, en que ha habido "click". El jinete descansa en si mismo. Todo se vuelve fácil, se adelantan ligeramente las ayudas antes de que el espectador llegue a percibir algo y cesan al igual cuando el objetivo está cumplido. El caballo está libre bajo palabra de honor, está responsable de sí mismo, antes de que se vea el objetivo y sin tener conciencia de ello. Se ha llegado a ser uno, uno consigo mismo, con el caballo y con el entorno. Todo fluye, no hay vanidad, ni activismo, no queda nada. Lo negativo ha desaparecido.Tampoco puede faltar la confianza, ni puede haber una modestia equivocada. No hay que mostrar a nadie lo bien que montas. Sino que llegó una comunicación espiritual que hace superfluo cualquier otra intervención. No tenemos que insistir en obediencia, solamente queda la naturalidad / evidencia del hecho de la unidad. Máxima fuerza y elasticidad unido a la sencillez de la forma más bella. Esto es Vollendung – perfección. Pocas veces se puede ser espectador de un momento así. Solamente los grandes maestros están capacitados de una presentación así. Pero nada es imposible. Lo que requiere es mucho ensayo. Practicar, practicar y practicar siempre con la meta correcta delante del ojo interior.
Pocas veces he podido ser testigo de una presentación así. El picadero se llena con una atmósfera muy particular, contagiosa que sobrecogía a cada uno. Para poder sentir un momento de unión, fusión así, una sensación como si el tiempo y el espacio se estuvieran disolviendo. Máxima felicidad y profunda paz. Por ello vale la pena montar a caballo.

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